Maedre el Magnánimo
"Maedre notaba como la sangre se le escurría entre los dedos mientras asía la espada, pero aún así, se levantó, desafiante"
~ Pasaje del libro atali ~
De entre todos los dioses, Maedre, Maradras o Madros el Magnánimo, era el más fuerte, sabio y justo de todos. Se sabe que era el más alto de ellos, musculado y con un ancho bigote. Su presencia era afable y animada, pero cuando se enfurecía, pocos eran entre los mortales y los dioses los que no se acobardaban por su presencia. Sin embargo, aquello no era lo que solía suceder. Normalmente, Maedre era un dios benigno, de corazón amable, un dios que prefería disfrutar de los placeres de la vida, viviendo como un trotamundos.
A diferencia de sus hermanos dioses, Maedre no buscaba especializarse en ninguna rama de la sabiduría. Él amaba la tierra tal y como era, con la naturaleza abrumando todas sus partes, la magia rezumando por cada poro rocoso y los mortales morando sobre su superfície. Sobretodo, Maedre adoraba a los mortales. Sus vidas, breves pero intensas eran el mayor placer que podía contemplar el dios. Por ello, después de haberlos creado, Maedre solía visitarlos, vivir entre ellos, disfrutar de la vida tal y como lo hacían sus creaciones. Debido a esto, era el que más en contacto estaba con el mundo mortal y fue por ello que resultó ser el primero en detectar al destructor.
En los albores de los tiempos, los dioses habían peleado con los Señores de la Oscuridad, y les habían forzado a desvanecerse de nuestro plano material para desterrarles a un reino allende de nuestra dimensión. Sin embargo, unos pocos mortales, vanidosos por las artes que les había otorgado Tisériam, decidieron empezar a abrir portales. En un inicio, estos portales eran dentro de su propio plano pero, poco a poco, comenzaron a querer explorar nuevos mundos y fue solo cuestión de tiempo que diesen con la dimensión equivocada.
La figura que surgió entonces de la oscuridad, fue él, el Destructor. Terminó rápidamente con el reino de hechiceros que le habían facilitado el acceso y empezó a acaudillar las almas de los caídos para conquistar nuestro mundo. Maedre fue el primero en detectar la intrusión del demonio y de enfrentarse a su expansión. Él solo destruyó a más de la mitad del ejército del Señor de la Oscuridad, reteniendo las hordas del demonio hasta que los otros dioses llegaron, convocados por el Visionario. Destruyeron a las tropas del averno, hasta que solo quedó él, el Destructor, más poderoso que cualquiera de los dioses y más hábil que cualquiera de ellos en todas las artes. Nadie podía enfrentarse a su poder. Sin embargo, los dioses no desfallecieron y enfrentaron al monstruo con las armas de que disponían.
Pero era inútil, el Destructor podía acabar con ellos en cualquier momento y lo sabía. Así pues, jugaba con ellos. Les hizo morder el polvo una y otra vez, mermando su psique, destruyendo sus esperanzas. Pero uno se levantaba cada vez que era arrojado al suelo. Maedre, lleno de polvo, sangrando por un centenar de heridas y destrozado por el poder de su enemigo, seguía levantándose con la espada en ristre. El guerrero peleó un uno contra uno ccontra el demonio en una batalla que duró días, hasta que, con un golpe de suerte, logró abrir un portal a la tierra maldita y, levantándolo sobre su cabeza, pudo arrojar al demonio a las tinieblas.
Sin embargo, antes de caer, el Destructor maldijo a los dioses, de la siguiente forma:
A Dethoimas, el de vista aguda
le nubló los ojos con materia oscura.
A Theniel la de corazón de luz,
le oscureció el alma y le impuso una cruz.
A Eddel el médico con más suerte
lo maldijo y le otorgó la muerte.
A Bianor, alto como un álamo,
le dió alas y plumas de pájaro
A Ontus el poderoso guerrero
le mancilló el alma con hierro.
A Celerrian la de voz como el viento.
la privó de todo sentimiento.
A Páragul el de manos firmes
le dio una fuerza irresistible.
A Finwë la cazadora
de noche la transformó en loba.
A Tisériam el hechicero
le privó de todo recuerdo.
A Margaret la emisaria
la hizo indigna de toda confianza.
A Thrione la sangrienta
la volvió de carne hambrienta.
A Parthoine la navegante
le quitó al agua el aguante
A Arthuin el orador
lo mancilló en la voz.
Y a Huilas el espía,
le quitó la vida.
Después de semejante hazaña, Maedre, agotado, cayó al suelo de rodillas, sonrió y se desplomó, dormido. Durante siglos y siglos el dios durmió un sueño profundo. Sus hermanos lo llevaron al reino celestial y esperaron. Esperaron durante largos siglos a que despertase, pero jamás sucedió. Un día, el Visionario se aclaró la garganta y anunció aquello que había visto, que Maradras solo reaparecería el día en el que las puertas del averno volviesen a abrirse y se desencadenase el fin del mundo. Y así será, pues el Visionario puede contemplar tanto el presente, como el pasado y el futuro.
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